miércoles, 15 de noviembre de 2017

Despierta, teatro de mis sueños

Cuando este teatro se queda vacío, salgo de mi escondite como siempre ha sido. Y rebusco y rebusco entre sus bambalinas, para coger las cositas que aquí con los nervios la gente se olvida. Y poquito a poquito cojo todo lo que veo. Y poquito a poquito ya tengo un museo.

Cuando acaba el espectáculo, todo es diferente, todo es oscuro, no se ve ni tan si quiera el patio de butacas desde el escenario, y tengo que guiarme por la intuición de tantos años aquí para llegar a ciertos sitios. Hay veces que simplemente me quedo tumbado en cualquier asiento observando el paraíso; y otras, en cambio, veo todos mis recuerdos pasar encima del escenario.

Este teatro ha sido la casa de los mayores espectáculos que jamás haya visto, y también de los peores bochornos que he podido contemplar. Pero todo cambia cuando el público se va, cuando el movimiento empieza a ser hacia dentro y no hacia fuera de bambalinas. Como soy un duende, y nadie me ve, muchas veces he podido ver y escuchar cosas que nadie creería, y que nadie querría que supieran los demás. Y así, he pasado muchos años, como guardián de este teatro, a veces en compañía y otra veces solo, pero siempre velando porque todo siguiera funcionando como hasta ahora.

Pero últimamente, han dejado de gustarme las funciones, las pantomimas, los espectáculos nuevos, y estoy empezando a agotarme. He visto que detrás de bambalinas ya no son todo risas y espíritu de colaboración sino tramas y secretos que al parecer no todos deben conocer. He escuchado tantas verdades como mentiras, y tantas mentiras convertidas en verdades que ya no sé distinguir unas de otras. Incluso he llegado a pensar, que la labor de los duendes aquí no se ha valorado lo suficiente a lo largo de estos años.

Esta vez, detrás del escenario, en la trastienda de este…digamos que no sé cómo definirlo…no espero nada después de la función final. La cual no espero ni si quiera que se produzca. Me he paseado todos los días, como de costumbre, por todos los rincones sin que nadie se percatase de mi presencia, o simplemente disimularon muy bien no hacerlo. Y ha llegado un punto en el que no le veo sentido a esto. Este ya no es mi teatro, estas cosas ya no las puedo guardar, no las puedo esconder, casi sin haberme ausentado todo ha cambiado en un instante y no entiendo los nuevos mecanismos. Ya no sé subir el telón, ni siento la misma emoción de antes cuando lo hacen otros; ya no sé quién se coloca en el foso de la prensa, y la verdad es que tampoco me interesa; ya no sé ni cómo correr las cortinas, y la verdad es que no me he preocupado en saberlo.

He dejado de comprender la esencia de este teatro, de sus espectáculos; y para mí, ha perdido su esencia y su magia, la de antes, la que me enganchaba cada vez que sonaba un acorde. Sé que algunos piensan que puedo ser un anticuado, que tengo una manera de ver las cosas que ya no funciona; otros pensarán que mi manera es totalmente acertada y normal, que es ir un paso por delante del resto; y otros simplemente piensan que yo soy el problema de que este teatro haya dejado de funcionar y cada vez tenga menos público. Así que he decidido que es el momento de marcharme.
Siempre había escuchado que ahí fuera todo está hecho de plata, que soy muy vulnerable, que no funcionaría en ese ecosistema de peligro. Pero a mí me da igual que a los duendes nos mate la plata, vivir con miedo a lo desconocido, en contra de algunos refranes, siempre ha sido la cárcel del ser humano.  Y yo no lo soy.

He escuchado tantas historias, buenas y malas, he conocido a tanta gente que acudía a veces al teatro para marcharse después de un par de funciones, incluso a gente que no ha llegado a trabajar en él y solo venía a observar el espectáculo desde fuera porque decía que este teatro tenía algo malo que aquellos que lo habitaban no podían ver. Por aquí han pasado gallos, gatos callejeros, estorninos colorados, y todo tipo de animales; locos por nuestra fiesta, millonarios, cubanos, brujos, condenados, hasta un batallón de muñecos e invencibles. Pero todo sucumbió a la Ley de vida.


Pero yo, desde dentro, creo que me he dado cuenta, en mis miles de defectos, de lo que le pasa a este teatro. Y no veo aires de cambio, ni guiones diferentes, no veo sorpresas, y justo cuando las esperaba, en la función final, volvieron a decepcionarme. Así que ha llegado la hora de abandonar, al menos hasta que lo eche de menos, este teatro de mis sueños.


Hasta pronto, viejo amigo.

domingo, 5 de noviembre de 2017

Amanecer

“Ya están saliendo los rayos de Sol. La madrugada por fin murió. Abre los ojos, levántate ya,  sal a la calle que hay que luchar. Grita con fuerza, que no te callen. Tú eres el gallo del corral.”

Algunos pueden tomárselo como una declaración de guerra, otros, pocos, posiblemente lleguen a… ¿entenderme? No he armado ningún ejército ni comando ningún batallón pero todos sabemos cómo funciona esto. Es cuestión de prioridades, y eso es algo que he escuchado mucho a lo largo de estos últimos meses.

Dije que volvería, dije que volverían, y aquí estoy, aquí estamos. Con fuerzas bastante renovadas. Lo echaba de menos, pero nunca pensé que la máquina del tiempo fuera a funcionar. Esta vez, no contaré el escenario, esta vez quiero ser más claro, más maduro, todos hemos crecido y sabemos asumir las consecuencias de nuestros actos, y por supuesto, también sabemos que siempre hay a quien no le agrada tanto como a otros.

Ha sido como el comienzo de una noche de San Juan, un año, ese plazo me di. Un año para ir colocando las brasas una a una antes de que todas ardieran con fuerza. He escuchado tantas verdades escondidas por el orgullo y el sectarismo que nunca he sido capaz de ver con tanta claridad como ahora, siempre desde mi punto de vista.

Yo he estado dentro de la caverna, viendo como la gente se iba y volvía cuando le convenía. Yo he sido el primero en hacer mala crítica por la espalda de todos los que han hecho eso, sí, el primero y posiblemente el más contundente. Pero yo no vivo de esto, no es mi día a día, y eso hay más de uno que se niega a entenderlo.

He escuchado acusaciones a un lado y al otro del parlamento. Hacia los de dentro y hacia los de fuera. He visto como a mí mismo me la jugaban por la espalda y como justificaban el comportamiento de quienes llevan años peleando por más de uno como si fuera una manada de leones. La necesidad del liderazgo, ¿qué liderazgo? La torre más alta cayó y calló, y no se puede creer lo que no es, lo mire por donde lo mire. Se acabó el cuento.

He visto tintes de régimen dictatorial, porque esta historia es muy larga y ha dado tiempo a todo. Pasando cartillas de racionamiento, o lista en un ejército cuando simplemente una cerveza entre amigos es más que suficiente.

He visto el baremo que se ha utilizado, un baremo que yo mismo he usado mil y una veces, y más. Pero nunca a la inversa, como sí que parece que puede permitirse a más de uno. He visto a leones convertirse en corderos, a Fernando el Católico mandar menos que Isabel. He visto como, cuando menos lo esperaba, a quien pude considerar aliado, ha cambiado las tornas de la historia sin ni si quiera consultarme.

He visto tantas cosas, que respeto, pero no comparto. He llevado por bandera y estandarte algo con lo que ahora no concuerdo, que es normal plantearse la vida de otra manera. No se puede vivir eternamente en la caverna. Hay mundo ahí fuera, hay muchos sitios que recorrer, muchos lugares que descubrir, y sobre todo, muchas personas que dejan huella para bien o para mal.

Y mi prioridad, ahora, soy yo. Para otros es un grupo, una causa, una persona, una voluntad, una servidumbre eterna a la que solo se ata con cadenas que le alejan de lo que está sembrando (solo espero que sea eterno porque la soledad es muy cruel para cualquiera). Salvo a dos de ese Titanic, puedo decir que ahora mismo salvo a uno. Mi prioridad sigo siendo yo, mi estado de salud, mi familia, mi gente, y hay que saber reconocer cuando se cometen errores. Nadie está sentado a la derecha del Padre.

Y a mí, alto y claro, ha llegado un punto en el que la caverna y sus cadenas no me benefician. Puede que lo de fuera tampoco, pero el ambiente, repito, porque ya sé que hay quien tergiversa mis palabras en su propio beneficio sin darme oportunidad de defenderme, el ambiente, no las personas, no me beneficia. Y lo de fuera es un peligro constante, una hipocresía dirían algunos, pero estoy dispuesto a todo menos a defraudarme a mí mismo. Que lo entienda quien quiera y se lo quede para él.
No, no he montado ningún ejército, no me hace falta. No ha vuelto Alemania, ni tampoco el Capitán Garfio. Ha vuelto Ísimo, que hace mucho que se había ido. Y quien quiera una declaración de guerra, puede usar esto como pretexto. Y quien quiera entenderme, me alegraría saberlo. Pero que todo sea una realidad a simple vista, que no caven túneles para aparecer de la nada.


Y ahora voy a ser muy claro: Yo no estoy. Yo voy por temporadas. Yo he visto cosas que no me han gustado, al igual que he dicho y hecho cosas que no han gustado, se llama errores, y son muy típicos del ser humano. Yo no voy a permitir que aquellos que no se han preocupado por mí ni en las buenas ni en las malas acudan a ver un espectáculo, porque es lo que parece. Y mucho menos a que me reprochen comportamientos pasados que nada influye en ellos y mucho menos en mí su opinión. Es el eterno sistema de prioridades que nos hemos montado, y ahora yo solo tengo una prioridad (egoísta, inmadura, egocéntrica, pero realista, la del Buscavidas):


Yo.
"Yo soy la guerra, yo soy la rabia, yo soy tus ganas de luchar. Yo soy el gallo que vive dentro de quien se quiere despertar."

miércoles, 1 de noviembre de 2017

Ley de vida

Lo que soy, lo que fui, lo que pude ser. Lo que seré, lo que podré ser. Yo y todas mis circunstancias. Mis logros y mis fracasos. Y sobre todo, mis sueños e ilusiones. Ha llegado el momento de guardar algunos en un cajón, no por innecesarios, sino por insuficientes. No,  no ha nacido una sola lágrima, nada ha muerto en el alma ni han arrancado esa rosa. Es el momento de dejar que coja las riendas  el de arriba, ese del que me había olvidado hace tanto tiempo y que tantos favores me había hecho. El que me avisaba de cada obstáculo en el camino, incluso de los repetidos, para que no vuelva a caer; el que veía más allá del camino de baldosas amarillas que tanto me ha engañado; el que se daba cuenta antes que nadie de todas las pantomimas con las que jugaba; el que transformaba un cuplé desternillante en el pasodoble más triste o serio que había podido escuchar.

Te he echado de menos, y mucho, y siento haberte dejado de lado todo este tiempo. Últimamente me he dejado guiar por tu antítesis, por ese verbo de la misma conjugación, el que nunca quise pronunciar, y he dejado en el cajón el tuyo. Dejé de aprender de mis recuerdos para llenarlos de epidemia y sufrir.  A ver quién es el listo que me cambia a mí ahora un día de verano por uno de invierno. Lo sé, me lo dijiste, y no debía haberme atrevido a hacerlo, pero sabes que lo necesitaba, tenía que intentarlo al menos una vez para saber qué era, si es verdad eso que todos dicen que estaba haciendo mal. Pero yo sigo siendo yo y mis circunstancias, y se equivocaron. Y también me equivoqué yo, transformé las mentiras e verdades de tanto decírmelas a mí mismo, y te olvidé.
Pero aquí estoy otra vez, en el suelo, a punto de hacer lo que mejor se me da, levantarme de nuevo, y me he acordado de ti. De los consejos que me dabas, de lo precavido que eras, de las ideas que me dabas, esas estrategias que solo nosotros entendíamos, esas formas de justificar todos mis actos en una sola frase sin que nadie pudiera cuestionarme. Contigo me gané aquella fama hace tantos años, la que hemos lastrado hasta hace bastante poco, a veces echo de menos aquellos tiempos, en los que en mi cabeza no rondaba el esconderme, el tener cuidado, en los que mi alma era la que era, la de un simple chaval de 16 libre y sin preocupaciones. Ahora esto me satura.

He decidido que esta vez no voy a levantarme, que necesito empatizar con todo aquello que olvidé, que tengo que dejar aquí en el suelo todas las verdades que yo mismo he creado y volver a la realidad, a mi realidad. Porque esconderme, ser otro, vivir a base de impulsos, eso no funciona. He aprendido una lección muy importante. No puedo forzarme a nada, no puedo intentar aquello que va contra mi naturaleza, contra mi forma de ser, tengo que abrir los ojos y darme cuenta de que por mucha rabia que me dé, no puedo odiar a ese verbo de la primera conjugación. Me ha hecho sentirme libre, ¿sabes? Pero tal vez, y solo tal vez, demasiado libre como para ser verdad. No puedo maltratarlo, maniatarlo y guardarlo en el cajón, pero tampoco puedo dejar que conjugue a sus anchas por todas las esquinas de mi cuerpo.

Me he quedado otra vez con lo puesto, y tengo por entendido que me voy a volver loco, que esto desespera. Necios. Este ha sido siempre mi día a día y no puedo hacer nada mejor que vivirlo. Es caerse y después levantarse, pero no inmediatamente. Ahora quiero reflexionar, qué hice bien, qué hice mal, qué debería haber hecho, qué no debería haberme ni tan si quiera planteado, qué me ha hecho tanto daño. Son demasiadas preguntas como para andar con ellas a cuesta. Tengo que resolver todas esas dudas antes de volver a ponerme en marcha en este camino de locos que nos montamos tú y yo hace tanto tiempo. Y quiero que vuelvas, porque sin ti todo ha sido un error, sin ti no he sido yo, me he dejado llevar demasiado y se me ha ido de las manos, yo no puedo con esto si estoy solo.
Quiero volver a cantar a ese compás, quiero volver a pasear por esa playa, quiero volver a empezar. Dicen que rectificar es de sabios, pero tú y yo sabemos que lo nuestro nunca fue retractarnos de nuestros miles de errores y defectos, lo nuestro siempre fue aprender de ellos. Tú sabes, echarle genio.


Al fin y al cabo, es Ley de Vida.

sábado, 7 de octubre de 2017

Reflejos

Ya estoy de vuelta, con otra historia, si es que se me deja. Y un saludo a los ingratos que pasaron tan mal rato contemplándome entre rejas. Pasado el tiempo, como ven no desfallezco y traigo otro invento de mi fantasía. Otra fantasía de las que nunca se conoce el resultado o los propios medios para crearla; pero que siempre devuelve la magia a esta habitación. Ya le he dado suficientes vueltas a la azotea, cavilando noche y día, buscando otro enemigo, otro contra el que luchar, porque los de siempre aburren.

Primero fue por ese deseo incansable de sentir algo, algo a lo que nunca le he podido poner nombre, a lo que los demás denominaban con ese verbo de la primera conjugación; luego fue Peter Pan, incluso los propios Estados Unidos se cruzaron por mi camino antes de llegar a Nunca Jamás. Después volví a aburrirme hasta que apareció el poeta, duro rival, hasta que por fin alcancé el ritmo que me llevó un paso por delante de él y me aburrí otra vez. Simplemente me he dado cuenta de que todas mis constantes vitales sobre el papel han dependido de un antagonista que me completara, un contrario, un antagonista con el que no estar de acuerdo, un debate constante desde la crítica escondida entre metáforas y corduras de un loco que me ha dado vida durante todos estos años.

Primero fue la nación más grande del mundo, bendita metáfora que me bautizó con el título de mis metáforas. Una guerra incansable que terminó con la división de bonitas amistades, o falsas amistades, ¿quién sabe? Me daba vida saber que en lo bueno y en lo malo, todo lo que escribía colaboraba a mantener viva esa historia, como lo echo de menos.

Después llegó ese dichoso niño que nunca quiere crecer, la inmadurez en persona, un espejo donde a veces verme a mí mismo, un reflejo al que nunca odié, pero era mi papel. Todas aquellas aventuras, vuelos y viajes alrededor de la misma isla nos tuvieron en vilo durante muchos meses, hasta que otra vez la historia se terminó. Sin divisiones ni ataduras, menos mal.

Y por último, el poeta, el gran rival, el espejo artístico donde mirarme.  Mi última etapa, siempre incansable por alcanzar un objetivo al que llegue a base de odio, figurado, por supuesto. Y de repente él dejó de escribir, sacó la bandera blanca y se terminó. El camaleón nunca cuenta.

Han sido enemigos, enemigos figurados, el amor, USA, Peter Pan, el poeta, todos han marcado una etapa en mí. La del odio adolescente a las parejas que sigue coleando incluso con más de una veintena ya, la de los amigos, las uniones y los conflictos, la de la madurez, la dichosa madurez, y por último la más completa, la del crecimiento, la envidia o la repulsión, la de la mezcla de sensaciones.
Todos estos conflictos, todas estas aventuras, divisiones, uniones, sensaciones…Todo esto eran fases, etapas, que siempre tenían el sencillo trasfondo de hacerme cambiar, reaccionar ante lo que pasaba delante de mis ojos. El chico tímido y escondido que no era capaz de pedir un vaso de agua en el bar es ahora el que se fue a Roma solo, el que se ha buscado la vida en la capital y sigue dando pasos de gigante a base de cambios constantes. Pero todo tiene un significado y una conclusión, todas estas batallas, todos estos enemigos escondidos detrás de las metáforas, eran mentiras disfrazadas, de esas que se convierten en verdades. Por fin he resuelto el binomio de vuelta a la realidad, después de ser capaz de mantener el equilibrio y darme cuenta de que todo a mi alrededor es ley de vida.


Me he dado cuenta de que hay alguien que ha jugado mis cartas, que decidió seguir las reglas mientras todos se las saltaban. Alguien que se rebeló contra todos y se quedó solo durante mucho tiempo. Alguien que aprendió la lección, que aprendió a enseñar porque enseñando aprendió más. Todas estas historias, todos estos cuentos del rey de las metáforas tenían un bueno y un malo, un papel nunca asignado al azar. Había una Alemania, un Capitán Garfio, un antipoeta, siempre había un malo, un malo que perdía siempre. Un malo que ganaba las guerras pero perdía las batallas, que nunca terminaba sus historias con buen sabor de boca. Un nuevo enemigo al que por fin creo que tengo fuerzas para reconocerlo y hacerle frente. Mientras tenga alegría y un soplo de vida.

Y ese enemigo, ese nuevo enemigo, sí que es el peor de todos, uno que nunca ha tenido nada que ver con los anteriores, uno que se ha curtido a base de miedos, fracasos, palos, victorias, alegrías, uno que sabe perfectamente el riesgo que tiene todo esto y está dispuesto a seguir adelante con mi nueva pantomima, con esta fantasía que, de todas las que he escrito, se parece más a la realidad. Por fin te encontré, al fin me he dado cuenta, ahora sí que tengo que echarle genio. Eres tú.


Soy yo.

martes, 27 de junio de 2017

Ley de vida

Una de las grandes desventajas de este trabajo, de esta forma de vida, siempre fue buscar el equilibrio cuando lo has perdido. Encontrar esa inspiración que me devuelva  al buen rumbo.  Y otra vez me encuentro ante el mismo paisaje de siempre, el que tambalea y corta mi cuerda, el que me hace caer de la manera más estrepitosa posible. No sé si ha sido cuestión de mentirme a mí mismo durante todo este tiempo o ha sido cuestión de creerme esas mentiras convirtiéndolas en mi verdad absoluta, pero de nuevo esto tiembla como nunca.
¿Y qué voy a hacer? ¿Huir? ¿Enfrentarme al problema? Voy a solucionarlo a mi manera, a la que yo solo tengo y yo solo sé. 
Sentándome en la arena de esa vieja playa, entre el mar y el cielo, mientras el rumor del aire desprende un lamento que desgarra el alma. Disfrutar del eco que retumba en sus cuevas, el de aquellas voces negras que sufrieron la misma desdicha que yo. Le pediré al carcelero que abra ya estas rejas que no me dejan ver más allá. Que mientras tenga alegría y un soplo de vida, yo seguiré siempre en la brecha. Cantando a mi modo, sin afán de gloria, como un Juanillo ardiendo en la noche de un 24 de junio. Todo ello tras la máscara de la vida, esa que hay que ponerse cada vez que se vive en sociedad. Recorrer las calles  de ese barrio que vive al mismo compás que yo, ese barrio que lleva al divino templo de la pasión incontrolable, donde curar las penas y desventuras después de tantas y tantas travesuras. Como un trotamúsico huyendo de la tierra malvada a la que llegué por el camino que la divina providencia me marcó. Navegando sabiendo que por más que yo cante, siempre un principiante toda mi vida seré. Luchando contra mis propios molinos, como un Quijote del Sur sin Dulcinea. Sabiendo que estamos dos, el Poniente y el Levante, enamorados del mismo talle y por sus huesos locos. Ninguno quiere que el otro le ronde sus calles. Por las esquinas y azoteas, lo requiebran sin poder evitarlo...y se enamoran. Ese Levante cuando está desafiante, loco de amor delirante que lo vuelve medio loco; salta el Poniente, salta para echar al Levante. Uno arrullando y otro muerto de celos; y en el del medio, está bebiéndose los dos vientos.

Sentado en la puerta del Gavilán, observando cómo las nubes se disfrazan a su paso y me engañan entre lamentos al verme desesperado otra vez. Buscando entre ellas esa Quintaesencia que vuelva a recordarme qué pie va delante del otro para volver a ser el de antes. Y yo simplemente pensando en que el día que yo me muera, que nadie me traiga flores, que nadie encienda una vela y por mí que nadie llore. El día que yo me vaya en alegre pasacalles, que me lleven a mi paraíso, pocos sabrán dónde está, el que me parió. Pero el camino sigue, lleno de locuras, de Martín Burton o de Burton Martín, que siempre me tienen loco perdido.


Y de nuevo aquí, donde está el riesgo y el peligro, sin otra mentalidad y decisión que echarle genio, a la vida, echarle genio; sin otro objetivo que ser invencible; sabiendo que al fin y al cabo todo es ley de vida, volver a mirarte y decirte que…


Se acabó el cuento.

sábado, 27 de mayo de 2017

The Brothers' Assambly

Se abre la puerta y se contempla una sala de reuniones enorme, de cristal, a la vista de todo el mundo, en el punto más alto del edificio más alto de las Vegas del Guadiana. En las paredes, las que no hacen ventanas,  fotos, posters, botellas, jarrones de recuerdos almacenados para que no se pierdan entre las tormentas de la memoria. Un barco en una botella,  un pelo de gato para la poción multijugos, un pendiente, unas gafas, una camiseta, una botella de legendario, un real de a ocho para cada uno de sus habitantes allí reunidos.

Entran uno a uno en la sala, cara seria, las cosas han dejado de ser como antes. Algunos empiezan a recoger sus cosas, a ponerlas en su maletín y borrarlas para siempre. Nadie articula palabra, nadie alza la voz, los recuerdos empiezan a desaparecer. La compañía se hunde y ni si quiera el capitán quiere mover un dedo para evitarlo. Pero todo lo que sucede tiene su origen:

En sus primeros años, todo era más reducido, solo había 5, 5 tripulantes, 5 directivos, 5 insensatos que decidieron salirse de la fila que llevaba el resto para recorrer mundo, hacer locuras, olvidarse de lo que el resto tenía planeado para ellos. Poner distancia y echarse a la mar, a descubrir qué era eso que tanto miedo le daba al resto. Y así fue, los innumerables viajes fueron la esencia de la aventura, las vivencias se quedaron marcadas en su corazón, alma y memoria para el resto de sus vidas.
Más tarde, los devenires de la vida, pirata y traicionera, llevaron a unirse a dos más, dos que nunca supieron seguir el ritmo del resto, que no encajaban del todo pero supieron hacerse un pequeño sitio dentro de la tripulación.  Y este fue el pequeño punto de inflexión en la aventura. Las mentiras, las trampas, los juegos por las bandas, las traiciones, todo lo que no se había visto en aquellos primeros años comenzó a aflorar dentro de todos sus corazones cuando escucharon el cántico de aquellas dichosas sirenas. Sin embargo nada de eso cambió el rumbo, nada pudo pararlos, ningún puerto era demasiado grande para ellos, aunque alguno debiese para algunos días. Poco a poco la gente ya no cabía en aquel barco, pero insistían en tener sitio, hasta aquellos que los desertaron e insultaron terminaron dándole la razón a la evidencia, a la vida misma que llevaban esos locos de escasas corduras.
Pero como todo en esta vida, se termina. Hubo que parar, apartarse a un lado, buscar ciertas salidas de vida que permitiesen seguir adelante sin dejar de lado todas esas aventuras que les dieron las ganas de vivir. No puedo decir que ese fue el problema, pero esa sí que fue su maldición.
Cada año, después de las idas y venidas personales, acuden a esta sala los que aún quedan, los que siguen en pie, con ganas, enviando cartas, telegramas, lechuzas, llamadas, los que mantienen viva la esperanza de que esto puede seguir adelante, pero cada vez son menos.
Algunos se han ido por sus líos de faldas, otros lo llaman tener prioridades, y los que aquí seguimos lo llamamos amistad, memoria, cariño y más formas de nombrarlo.

El último en caer fue el menos importante de todos, el que llegó el último y creía que había desbancado a los más viejos miembros de esta sociedad que un día nos fumamos. Llegó como un soplo de vida, y terminó en una torre más que caía al vacío para convertirse en una decepción andante. Alguien que sigue teniendo delirios de grandeza no consecuentes entre sus actos y palabras, pero la ignorancia siempre fue su mejor castigo

Y de nuevo hoy, se abre esa puerta, de nuevo llega el momento, se ve la sala mucho más vacía que antes pero, ¿sabes qué?


Aquí seguimos, tú, yo y los de siempre. Porque nunca debimos dejar entrar a nadie más. 



No podemos dejar que esto se hunda.

viernes, 14 de abril de 2017

¿Equilibrio?

Volar, que yo no sé volar, pero ando sobre el aire. Bailar, contra la gravedad desde mi alambre. Son tantas veces que en el suelo me estrellé, que he aprendido a caer siempre de pie para volverme a levantar y comenzar. ¿Quién dijo miedo? Quien tenga vértigo que baje que yo seguiré. Un pie y otro pie, tensando el cordel, mirando al abismo. El riesgo está aquí, y el público ahí y siempre es lo mismo. El tiempo que va aumentando el peligro, y aquí sigo yo, solo, cómo no, haciendo equilibrio.

Nunca pensé que íbamos a ser de anuncio, de película, de novela, pero esto cada vez se va pareciendo más a una pesadilla. Me agota, me cansa esta cuerda, la misma función cada vez que abre este circo, porque es lo que todo parece. No lo quiero, no lo necesito, aunque a veces venga más público del esperado. Unas veces  es entretenido, ahí en el centro de la pista, respirando la magia del circo que un día montamos. Todos mirando al equilibrista, oyendo su respiración, sintiendo que de su canción a tu corazón hay solo una cuerda. Otras veces la cuerda tiembla más de la cuenta, o directamente la cortas, las luces se apagan y se cancela la función. ¿Y sabes qué? Estoy muy cansado.

No puedo decir que me cansa porque sea monótono, al fin y al cabo el andar sobre una cuerda mirando al vacío se hace cada día más difícil, todos los días hay un nuevo motivo por el que dejarse caer, y otro por el que seguir caminando. Podría pensar que se me sigue encendiendo la sangre como la primera vez y vivo con la sensación de que tenemos algo pendiente, esperar, esperar, seguir andando, aguantando el equilibrio hasta que se termine la incertidumbre sobre la que seguimos pisando después de tanto tiempo.

Pero me harto, me canso, y no sé qué hacer. ¿Merece la pena? Antes solía tenerlo claro, pero las últimas veces que me he subido a esta cuerda, he dejado de tenerlo tan claro. Siempre lejos, siempre cerca, siempre lejos y siempre cerca. Ya no tengo las mismas ganas que en el primer pasodoble. Ya no tengo ganas de insistir, de pelear, de luchar; no sé si quiero que vuelvas a agarrarte de la mano de este comparsista, que me prestes el corazón y te entregues a la emoción.



No sé si va a aguantar mucho más este equilibrista.